Rishikesh Infinito

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Mi primer viaje a India. Enero de 2013.  Yo venía de ver, unos días atrás, unas cuevas impresionantes en las regiones de Ajanta y Ellora, al sur de la India. Esta vez, decidí subir hacia el norte, en búsqueda de más alimento para mi espíritu, pero puesto en práctica. Es por eso que elegí la ciudad de Rishikesh, mundialmente conocida por su historia milenaria, sus yogis, Los Beatles y sus maravillosos paisajes.

Viajar en la India es una experiencia única y muy particular. Lógicamente, el avión siempre será lo más cómodo y rápido, pero también se puede viajar en tren, colectivos y taxis. Viajar en trenes y colectivos en el, subcontinente asiático lleva un poco más de tiempo, y no me pregunten por qué, porque nunca lo entenderé. Me resulta contradictorio el hecho de que los viajes sean tan lentos, cuando la forma de manejar de los indios es una locura. ¡El Correcaminos se podría quedar sin trabajo con ellos!

Así comienza esta historia. A mi solo se me ocurre tomar un colectivo común desde Delhi a Rishikesh. 229 kms sin calefacción, en pleno enero invernal, sin una sola alma que hablara Inglés, más que la mía. Recuerdo que en un momento sentí miedo, porque no sabía si iba a llegar a donde me proponía o si iba a terminar en Calcuta o Sri Lanka. Era mi primer viaje sola a un país exótico con culturas diferentes, etc. Pero estaba decidida a vencer mis miedos y prejuicios.

En un momento de la travesía, casi pierdo un trasbordo porque todos mis compañeros de viaje me decían que el lugar adonde habíamos llegado era Rishikesh, cuando en realidad no lo era. La supuesta Rishikesh era un desierto, en donde no se veía ni una vaca. Afortunadamente me avivé en preguntar varias veces, mientras escuchaba el motor del colectivo arrancar, y resulta que sí, debía hacer el trasbordo para poder llegar a mi destino. No se todavía cómo me entendieron, ni cómo los entendí. Pero mis entrañas me dijeron: ¡Subí!

Y así, finalmente llegué, de noche, luego de nueve horas de viaje, cuando me habían dicho que solo iban a ser cinco, y hacía mucho frío, frío invernal. Yo solo llevaba puesto un pantaloncito y una remera con una camperita de viento que de casualidad la había traído de casa. Mi equipaje constaba de dos mudas de verano, y una muda más que me había comprado en Aurangabad. Así que al día siguiente, como podrán imaginar, me compré una buena manta de lana de yak y una muda de invierno porque el clima estaba realmente gélido.

El hotel era hermoso, una cabaña suiza en el medio de una lomita muy pintoresca, llena de turistas de todas partes del mundo. Por suerte había hecho la reserva, porque sino no tenía adónde caer. Ese viaje fue bastante improvisado, pero gracias a eso pude vivir muchas aventuras. Claro, Rishikesh está al norte de India, y la bordea el río Ganges y el Himalaya. En pleno enero, ¡sí que hacía frío! Pero cada hora pasada en ese colectivo valió la pena, porque lo que vi a continuación, jamás se borrará de mi memoria.

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“Debido a que estás vivo, todo es posible”. (Thich Nhat Hanh)

Creo que muy pocas veces en mi vida he sentido un aire tan diáfano como el de Rishikesh. Las aguas del Ganges, tan sorprendentemente cristalinas por esas latitudes, los Sadhus envueltos en sus túnicas naranjas y con japamalas de rudrakshas (rosarios hindúes hechos de semillas de un árbol llamado Rudraksh) en sus cuellos, me llevaron a tiempos remotos en donde las escrituras védicas eran respetadas y puestas en práctica hasta por los mosquitos, o casi. Las montañas, tan majestuosas, con tanto silencio me incitaban a perderme en la más profunda de las meditaciones. La cantidad de ashrams y templos me guiñaban para que los siguiera, ¡y se salían con la suya!

Recuerdo una tarde en la que estaba adentro de un ashram, sentada en un banquito, disfrutando un poco del sol, y de repente, escuché uno de los cantos más dulces de toda mi vida. Un canto armónico y tan dulce, que daban ganas de correr por todo el ashram en busca del swami responsable de semejante milagro. Era una voz tan llena de amor y devoción, que me hizo estremecer de emoción. Luego me enteré que lo que el swami cantaba era una parte del Ramayana, un poema épico hindú muy antigûo y reverenciado por el hinduísmo. Esa tarde pude sentir a Dios atravesar cada célula de mi ser. Fue un orgasmo espiritual-musical.

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De los siete días que pasé en Rishikesh, los cinco últimos estuve alojada en un ashram llamado Parmath Niketan. Era bastante agradable y pacífico, lo mejor que tenía eran las actividades que realizaban como clases de danzas Kathak, Yoga, Meditación y el aarti que ofrecían cada atardecer a las orillas del Ganges. El aarti es una ceremonia espiritual que en sánscrito significa: “disipador de la oscuridad”.

Durante el aarti se cantan oraciones, poemas y mantras en sánscrito y en hindi, pidiendo por la paz, abundancia, iluminación y claridad mental, física, emocional y espiritual. En esta ceremonia, siempre se haya presente el elemento fuego. Se le ofrece a Dios todo lo que uno ya no quiere más, y también lo que se quiere pedir y agradecer. El fuego purifica y transmuta toda negatividad tanto dentro como fuera nuestro y a cambio nos otorga luz, claridad y bendiciones. Es extremadamente poderoso. Y lo bueno es que se lo puede hacer en casa también, ¡en donde uno quiera!

Tuve la dicha de presenciar un par de aartis a la orilla del Ganges y la verdad que es de otro mundo. El aire que se respira es único y muy íntimo. La neblina abrazando al sol poniente, el fuego ardiendo y transmutando lo visible e invisible, el ser respirando quietud y humildad. Es difícil expresar con palabras algo cuyo origen no las tiene.

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“Hay lugares donde uno se queda, y lugares que quedan en uno”. (Anónimo)

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Los monos son uno de los protagonistas de la India, como todos sabemos. Están por todas partes, y los hay de diferentes tamaños y especies. Son seres muy graciosos y hábiles, de ágiles movimientos y muy juguetones y pícaros, ya que a veces roban comida y otros objetos e incluso algunos atacan, pero son la minoría, y solo lo hacen cuando están muy alterados o con mucha hambre. Pero no hay que tenerles miedo. Tienen derecho a vivir y de disfrutar del aire libre como nosotros, además debemos entender que a veces ellos también se vuelven locos, como nosotros. Pero la siguiente foto no representa el caso que les mencioné antes. En este caso, ¡los pobrecitos simplemente estaban muertos de frío!

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Algo hermoso que me pasó también, es que conocí gente hermosa y muy amistosa. Tengo hermosos recuerdos de mi amiga Chris, de Australia. Una verdadera hermana del corazón.

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Y con ella formamos un lindo grupo de amigos viajeros, conformado por personas de diversos países como Alemania, Estados Unidos y Australia.

Anduvimos por los bosques, tomamos ricos lassis (bebida de yoghurt con frutas) en una linda German Bakery, compartimos charlas y risas.

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“Saber dar es aceptar a los demás”. (Rene Mey)

La paz que sentí en esta increíble ciudad la he sentido en muy pocas ocasiones durante mi vida. Mezcla de aroma a incienso y leña quemada, bruma invernal, naturaleza abundante y lozana, de repente dos vacas dándose amor, los sadhus, los cafecitos escondidos en los lugares menos pensados pero a la vez los más maravillosos, las tiendas tibetanas e hindúes que te ofrecían de todo, los ashrams, las infaltables vaquitas, el Ganges que se regocijaba de si mismo con su andar pacífico pero imparable. En fin. Todo tan familiar, tan intenso, tan único, tan infinito. Así es Rishikesh, Rishikesh infinito.

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“Aprende a dejar ir las cosas. Esa es la clave de la felicidad”. (Buda)

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“Lo que sabemos es una gota de agua, lo que ignoramos es el océano”. (Isaac Newton)

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Moksha (sánscrito) = liberación

 

 

 

 

 

 

 

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Om Mani Padme Hum

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La palabra es buena si brota del silencio.

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Recuerdo y me visualizo a mi misma recorriendo las maravillosas cuevas de Ellora, una por una, con los pies descalzos como símbolo de respeto ante semejante sacralidad y majestuosas piezas de arte, de divina adoración.

Cómo explicar, cómo expresar lo que mis ojos estaban presenciando en ese momento. No podía, y todavía no puedo hacerlo de una forma satisfactoria. Todo se quedó impregnado en mis sentidos, y en lo más profundo de mi alma. Con eso me basta.

Me sentí tan identificada, como si ya hubiera estado ahí antes. Con tan solo inspirar y absorber el aire del ambiente, me sentía tocada por Dios. Una gratitud tal que no sabía cómo retribuirla, cómo justificarla. Así que me contenté con saborear cada segundo y dar gracias al Creador por semejante milagro.

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Las cuevas de Ellora son una de las maravillas más grandes que me ha tocado en esta vida conocer, contemplar y disfrutar. Enormes cuevas de piedras talladas, con inmensas estatuas y templos dedicados a diversos dioses del hinduísmo, jainismo y budismo. El Buda siempre presente, Shiva, Vishnú, Kali, Ganesha por supuesto, Saraswati, entre muchos otros. Todos realizados con una exquisitez y delicadeza dignas de admiración y contemplación. Algunas cuevas contienen signos e inscripciones en idiomas antiguos, incluso ya olvidados. Me hubiera gustado poder saber lo que dicen. El misterio que las envuelve, la mística y la sacralidad son impresionantes. Quería quedarme para siempre ahí.

Dios, que los pétalos de esta flor se abran para que aparezca la joya de mi yo interior.

De pronto, una congregación de tibetanos hizo su aparición. Todos con sus vestimentas típicas, sus manos abrazadas por sus rosarios, rezando, cantándole a Dios. Om Mani Padme Hum. Una vez, dos veces, tres, cuatro y muchas más. Las voces graves y profundas me hacían temblar. Cerré los ojos, y casi me pellizco para saber si realmente estaba sucediendo o era simplemente un lindo sueño. Om Mani Padme Hum. El silencio que acompañaba a cada sílaba pronunciada hacía erizar mi piel. Om Mani Padme Hum. Las sombras que marcaban sus pasos sigilosos y casi imperceptibles denotaba una devoción inexplicable, iba más allá de cualquier explicación o “justificación” científica. Al igual que todas esas construcciones, tan perfectamente talladas y cinceladas, van más allá de lo racional. Es creer o reventar. Yo elijo creer. Existe una fuerza suprema que no tiene límites, y que la mente humana no puede abarcar en su totalidad, ni tampoco explicar. Somos tan pequeños y tan grandes a la vez…

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Poco a poco, esas voces se fueron apagando, pero a cambio dejaron un ambiente tan limpio y cálido que daban ganas de no irse nunca más.

Cueva por cueva, las fui sintiendo con todos mis sentidos despiertos y atentos para que ningún detalle se les escapara. Las luces y sombras, los sonidos, los olores, la suavidad o dureza que sentían mis pies al tomar contacto con el suelo. Las enormes estatuas, las columnas, los arcos, las paredes, las galerías, pasillos, los techos, las ventanas. Todo, absolutamente todo perfecto. Ellora es un milagro del cielo.

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Las Cuevas de Ajanta

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“Estéticamente, psicológicamente, el espíritu, los hechizos, los demonios, son las formas humanas, en que el ser viviente puede traducir con palabras la emoción de belleza que le produce el paisaje.” – Roberto Arlt –

Palabras posibles y cercanas para describir este lugar y experiencia: sublime, increíble, directamente sin palabras humanas para describirlo. Pero haré el intento. Cuando iba en el taxi con Laxmi, mi chofer, apenas salimos de la ciudad de Aurangabad, se notó enseguida el cambio de aire. Aire más puro, un hermoso paisaje, campestre, sin ciudad, con naturaleza. De repente, el paisaje volvió a cambiar. Aparecieron unas montañas que me dejaron atónita. Lo único que hice fue abrir la boca y sacar fotos. Las montañas me recordaron un poco a mi Jujuy natal por lo grandes e imponentes. Pero éstas decían algo más. Sentí que el lugar y toda esa zona que comenzaba a desplegarse delante mío, era ancestral y sagrada, muy sagrada. Lo pude sentir en al aire. Imagen Seguimos bajando y las montañas me llamaban cada vez más, seduciéndome sin decir una sola palabra. Cuando llegamos, me enamoré. Sentí una profunda emoción, y una fuerte sensación de que ya había estado ahí antes, hace mucho tiempo atrás. Me resultó demasiado familiar. Cuando llegamos a la T-junction, tuve que pagar 10 rupias para ingresar al área, luego me tomé un bus hacia la entrada de las cuevas. Había un restaurant-hotel bastante ameno. Allí compré el boleto de entrada, fui al baño y antes de partir rumbo a las cuevas, divisé a unos metros a unos cuantos monos. Esos monitos tan expresivos permanecerán por siempre en mi retina mental y emocional, en especial esta madre con su hijito: Imagen Llegué a las benditas cuevas y comencé a subir. Era mediodía y el calor me pegó fuerte. Pero valió la pena todo: mi cansancio, mis alegrías y mis dolores. Puedo decir que, a dos días de haber llegado a India, este viaje ya estaba cubierto con lo que acababa de ver. Me podía pasar cualquier cosa en este momento, me podía morir, o podía tener que regresar a mi país por cualquier razón. No me importaba. Me sentía realizada. Por supuesto que no pasó ninguna calamidad ni nada parecido, gracias a Dios, pero si hubiera pasado, no me hubiese importado nada. Comencé a tener escalofríos y sentí electricidad en mi nuca y espalda. Estaba muy emocionada. Se me vinieron lágrimas a los ojos y apenas me pude contener. Yo me pregunto: ¿cómo puede ser que hayan construído algo así? ¿Cómo? ¿Porqué? ¿Cuándo? ¿Quiénes? Por alguna razón, me cuesta creer en lo que dicen los científicos y arqueólogos, de que fueron construídos como máximo en el 600 AC. Para mi no bajan de los 5.000 AC, pero no puede ser porque Buda no existía en esa época tan remota. Pero entonces, ¿qué aparatos utilizaron para tallar semejantes rocas tan grandes y talladas con tanta perfección? No me lo puedo explicar todavía. Imagen Algo mágico es que, antes de entrar a cualquier cueva, la gente se debía sacar los calzados y dejarlos en un montoncito de calzados apilados en la entrada de la cueva. Un gesto tan simple y sagrado como ese ya alegraba mi corazón. Imagen Pero lo mejor fue al entrar en las cuevas. Todas ellas fascinantes, cubiertas por un velo de misterio y aroma ancestral . Las esculturas de piedra perfectamente talladas con una delicadeza y devoción que pueden dejar absorto y pasmado a cualquier espectador. Templos y estatuas de diversas divinidades hindúes, jainistas y budistas. Una mejor que la otra. Estoy segura que hasta los murciélagos que habitan en ellas se hinchan de orgullo por tener el inmenso privilegio de habitarlas. Imagen

“Duda de todo. Encuentra tu propia luz.” – Buda – Imagen

(Buda recostado de 7 m. de largo). Imagen Imagen IMG_1640

En sus marcas, lista…India!

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Decidí emprender este viaje a India y Nepal finalmente, luego de varios años ahorrando y pensando si debía o no largarme sola por el subcontinente asiático. Hasta que llegó un año en el que las estrellas se posicionaron justo como tenían que estar para darme el visto positivo. Dios sabe por qué hace las cosas. Mis ahorros me alcanzaban, tenía dos meses de vacaciones en mi trabajo de aquel entonces…no tenía excusas! Y no quería tenerlas. Así que un buen día me reuní con dos hermosas personas que conozco, amantes de la India y su espiritualidad como yo, y nos fuimos los tres a sacar los pasajes. Pero no íbamos a recorrer juntos al principio, sino que, al llegar a suelo indio, nos íbamos a separar, para tomar caminos diferentes. Luego más al final, en un ambiente único y sagrado al sur de India, nos reencontraríamos para compartir uno de los momentos que más me marcaron en la vida. Pero de eso hablaré luego. Cómo les decía, nos despedimos en el aeropuerto.

Mi idea siempre fue irme con la mochila sola, porque considero que es más excitante viajar sin tener todo planificado y pautado, es aventura pura. Tenía muy en claro que mi viaje, además de ser turístico y espiritual a la vez, inevitablemente, iba a ser muy personal. Tenía un compromiso conmigo misma. Uno de mis planes era hacer expediciones sola, caminar y recorrer rincones por donde mi corazón latía más de lo normal, comunicarne con los animales, con la gente, sentarme a meditar a la orilla del Ganges, sacar muchas fotos, escribir cuando sintiera ganas, mirar a un punto fijo sin ningún pensamiento en particular, con la mente en blanco, comprar recuerditos y chucherías por ahí, y por supuesto, vivir unos días en algunos ashrams (lugares de meditación y trabajo espiritual), y visitar templos varios para meditar y ponerme en contacto con mi Ser. Este viaje era un encuentro conmigo misma, una cita a la que no podía ni debía (ni quería) faltar. Era un viaje de investigación, de autoconocimiento, de exploración infinita.

Y así fue que un buen 31 de diciembre de 2012, partí rumbo a tierras exóticas.

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Cada vez que viajo, suelo llevar un anotador conmigo, así puedo documentar lo que voy sintiendo y viviendo en mis viajes. Para semejante oportunidad, no podía faltar un buen cuadernito con un diseño acorde a mi destino. Y esto fue lo que plasmé en mi primer hoja:

En el aire, 31 de diciembre de 2012

“Hoy es el último día del año y estoy volando sobre suelo africano en estos momentos. Me están por servir el desayuno y estoy que no duermo hace casi dos días, pero no me puedo quejar, estoy yendo a India!

Un lama tibetano viaja con nosotros. Señal de buena suerte! Es muy interesante observar sus vestiduras, sus movimientos, sus gestos. Hay tantas culturas tan diversas e interesantes. Cuando llegamos a Sudáfrica, sentí que este lama me observaba sutilmente, y en un momento me saludó con un subir y bajar de cabeza, como señal de respeto, y a mí me salió un: ‘hola’ sonriente.

He observado que la gente de Sudáfrica, al menos en el aeropuerto, ¡no sonríe! ¿Por qué? Debe ser un pueblo muy oprimido, quizás. Cuando vuelva a la Argentina, voy a leer un poco sobre su historia. Me llama mucho la atención.

(…)

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Happy New Year! Llegamos a Mumbai justo para recibir el año nuevo. Fue como a las 23.20 pm que el avión llegó, y pasamos por la puerta (luego de todos los trámites) a las 12.00 am. Nos saludamos con un beso y nos reímos, hicimos bromas, cambiamos dinero y luego me despedí de ellos en la puerta de Domestic Transfers.

Ahora sí estoy sola con mi alma, pero me siento bien, a pesar del sueño y el dolor de cabeza. Por suerte me dormí todo en el trayecto Johannesbourg – Mumbai, así que ahora me siento mucho mejor, mi cuerpo no tiembla tanto de la debilidad. Eso me pasa por trasnochar mi última en Buenos Aires, en vez de descansar, jaja! Es terrible la confusión que tengo con los horarios, y es increíble también que en un lugar sea de día y en otro sea de noche. Para mi es magia, es como viajar en el tiempo!

Estoy en el Domestic Airport de Mumbai, son aproximadamente las 3.30 am y esperando para abordar mi vuelo rumbo a la ciudad de Aurangabad. Mentalmente ya me siento un poco más relajada, no pienso tanto en lo que he dejado allá en Buenos Aires. Ahora estoy pensando en cómo hacer cuando llegue a Aurangabad. Tengo que conseguir un taxi o rickshaw e ir a la Station Rd. a ver hoteles, porque no reservé nada para esta ocasión. Tengo un par en la lista. Espero conseguir rápido y no tener problemas de ningún tipo. También quiero organizar bien mis demás trayectos, pero ese será otro capítulo.”

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Así comenzó mi viaje por India. Había momentos en los que no entendía nada. El choque cultural me sorprendió bastante al principio. A veces era hasta chocante. No estaba acostumbrada a ver tantísima gente por todos lados, con costumbres e idiomas diferentes, todos en un mismo lugar. Mumbai, o antes llamada Bombay, actualmente cuenta con una población de más de 18 millones de habitantes, o sea, una locura. Y el aeropuerto reflejaba eso. Pero también era fascinante la extensa variedad, los olores, los colores, todo olía (y huele) a sagrado. Esta tierra está bendita de una manera increíble. Es impredecible, es fascinante, te hace gritar, te hace reír, te hace llorar, todo al mismo tiempo. Es contradictoria, desafiante por momentos, embriagadora por otras. En pocas palabras, como un querido amigo me dijo una vez, India refleja y te muestra lo peor y lo mejor de vos. No puede tener más razón.

También me encantaba ver a las mujeres con sus saris (vestidos tradicionales) de todos los colores habidos y por haber, enjoyadas de pies a cabezas, tan elegantes ellas. Son hermosas. Y los hombres con sus kurtas (camisola ancha y larga típica) y pantalones típicos. Aunque hoy en día, y sobre todo en las grandes ciudades como Mumbai, hay una gran influencia occidental no solo en lo que a moda respecta, sino también en la música, el cine, y algunas otras costumbres. Tal es así que es muy común, por ejemplo, ver hombres y mujeres usar pantalones jeans o de vestir combinados con kurtas.

En el próximo artículo, continuaré con mi relato pero esta vez estará centrado en mis vivencias en la ciudad de Aurangabad, y las misteriosas y maravillosas cuevas de Ajanta y Ellora. Gracias por estar!